Memorias de una vida en DC Comics

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Aquellos maravillosos años.

Soy un chico Marvel. Sé que esto suena bastante raro como frase inicial en mi primera entrada para un blog llamado Espacio DC, pero creo que hay que ser honesto con la audiencia. DC hace las mejores historias unitarias, los mejores one-shots, pero Marvel es mejor universo, mejor realidad compacta. Esto es así, es una ley matemática demostrable empíricamente. Todos aquellos que matarían por una copia firmada por Alan Moore del número uno de Watchmen lo saben. Nadie va a discutirlo.

Ahora bien, DC y sus personajes siempre han tenido para mí un aura misteriosa que me impulsa a leer sus cómics, una especie de síndrome de abstinencia que me empuja a comprar de manera compulsiva historias de Batman, Superman y hasta de Star Spangled Kid, si fuera menester. Y eso tiene una curiosa explicación. O eso creo.

Mi primer recuerdo de un cómic de DC es una especie de álbum que mis padres arrojaron a la basura creyendo que era el causante de mis pesadillas. Ese tomito, casualidades de la vida, era precisamente una aventura de Batman dibujada por Neal Adams en la que se enfrentaba a Ra’s Al Ghul en un duelo de espadas a pecho descubierto en el desierto. Sí. Mi primer recuerdo de DC fue ESE cómic, uno de esos clásicos que contienen viñetas que pertenecen ya al imaginario popular. Mal comienzo no fue, desde luego. Lástima que todos los cómics que tenía por aquella época acabaran en la basura. Tebeos de Vértice, Pockets de Ases de Bruguera, pequeñas joyas de Surco…Y no. No odio a mis padres. En el fondo soy un vástago ejemplar y les quiero. Eran otros tiempos y los superhéroes olían a miedo, violencia y subversión. El Doctor Wertham habría estado orgulloso.

En cierto modo, aquel apocalipsis «tebeístico» que sufrí en la infancia sirvió como acicate para decidir de manera definitiva que lo que me gustaban eran los cómics, y que iba a comenzar a coleccionarlos sin control, sin importar lo que mis padres pensaran. Y me puse a ello, con la ayuda de mi exigua paga y muchas ganas de saber cada vez más cosas de aquellos personajes que me fascinaban.

Aquellos pequeños tesoros que uno conseguía...
Aquellos pequeños tesoros que uno conseguía…

Convertirme en un Marvel zombi fue más fruto de la necesidad que de una elección razonada. La desventaja de vivir en una ciudad pequeña de provincias, es que tenías que conformarte con las cosas que los kioskos traían de forma más o menos regular, y por aquellos años 80, era Fórum la que partía el bacalao. Sus tebeos llegaban con cierta periodicidad a las estanterías del amable quiosquero de mi barrio, justo al lado de las Clima, las Charo Medina, las Lib y del periódico El Caso. Queda claro que siempre hemos sido unos “outsiders”. Cuando digo que la colecciones llegaban con regularidad me refiero a que, si tenías suerte, podías conseguir tres números mensuales seguidos de La Patrulla-X o Spiderman. Los Vengadores aparecían y desaparecían del estante, como absorbidos por algún agujero negro misterioso. Es cierto que esta periodicidad casi cuántica se fue estabilizando, y a lo largo de los años los tebeos de Fórum consiguieron hacerse con su hueco fijo entre las revistas porno de aquel quiosco y reinar supremas entre los aficionados al cómic de Huesca. O sea: yo y tres chalados más que nunca coincidimos en ningún lugar. Ya sabéis, marginados y outsiders hasta la muerte.

Sin embargo, era otra la palabra que creaba ansiedad en mis compras, que me planteaba un reto casi insoluble, imposible, un reto que requería toda mi pericia y habilidad para conseguir hacerme con aquellas cosas que alimentaban mi curiosidad, como queroseno en la hoguera de un botellón de polígono. Y esa palabra era Zinco. La mítica editorial Zinco.

Si conseguir tebeos de Fórum era una tarea ardua y costosa, hacerse con lo que editaba Zinco representaba una odisea digna de los más heroicos personajes griegos. Jamás vi un número de Superman. Batman era una entelequia que aparecía por sorpresa en forma de alguno de aquellos prestigios de Elseworlds que me dejaban con el culo torcido y una sonrisa en la boca, si me permiten la expresión. Supe de Rorschach por una mención en una votación a Mejor Personaje del Año que vi en uno de los primeros cómics de La Liga de la Justicia de Giffen y DeMatteis. Ese era el nivel. Como el de una secta confusa que no sabe a que dios adorar.

Como comprenderéis, semejante cadencia de consumo lo único que puede generar en un fanático del cómic como yo es ansiedad. Ansiedad que convierte ese producto aperiódico, casi atemporal, en algo mitológico, en el oscuro objeto del deseo, en el vellocino de oro que buscar en puestos del rastro, en librerías  perdidas y en tiendas de segunda mano. Los personajes de DC gracias a Zinco, se convirtieron en algo enigmático, algo que deseaba a toda costa.

Tengo.
Tengo.

Con trabajo, tiempo y menos dinero del deseado, fui haciéndome poco a poco con las joyas de la corona de DC. Batman: Año Uno en grapa (EN GRAPA); Watchmen del 1 al 11 también en grapa (sí, nunca conseguí el 12. Me fue imposible. Tardé años en saber cómo acababa Watchmen. Mi salud mental nunca pudo recuperarse); el tomo de The Dark Knight Returns, que guardo con devoción; casi toda la LJI y LJE de Giffen; el tomo de La Muerte de Superman; grapas de The Sandman; los dos primeros tomos de Predicador… Lo dicho. Tesoros.

EL HORROR.
EL HORROR.

Cuando Zinco quebró, los fans vivimos una turbia etapa de traducciones lamentables y ediciones cochambrosas. La era Vid Comics había llegado. Recuerdo poco de aquellos años, ya que por aquel entonces la adolescencia había hecho de mi un ser más proclive a consumir ingentes cantidades de alcohol los fines de semana que a gastar la paga que mi padre me daba semanalmente en cómics, pero en mi defensa diré que conseguí los cuatro tomos de Kingdom Come de Waid y Ross comprados de forma casi mensual, los primeros números de La Liga de la Justicia de Morrison y algunos horrores sueltos como aquellos números del Superman eléctrico que preferiría olvidar para siempre. Electricidad, colorines y prolapso cerebral. Guionistas demasiado aficionados al polvo de ángel y al Demerol.

Aquella infame etapa editorial, por fortuna, no duró demasiado, y Norma adquirió el control de los derechos, trató de enderezar las cosas y se puso a editar aquellos tomos de tapa blanda que nos rompían el bolsillo, por no nombrar la parte dónde la espalda deja de ser espalda. Curiosamente, esta fue la forma en la que en mi pequeña ciudad empezó otra batalla. La de conseguir aquel único tomo de Predicador, La Liga de la Justicia o del Batman de Jim Lee que llegaba a una única librería de forma aleatoria. Todo un enfrentamiento titánico entre los que deseábamos aquellos tomos, una lid llena de desaires y momentos trágicos como cuando veías desaparecer Hellblazer horrorizado porque tu enemigo acababa de llegar al sitio correcto en el momento justo dos segundos antes que tú. Estos momentos de profundo dolor se veían paliados con excursiones regulares a Zaragoza, dónde en más de una ocasión gasté más de lo que podía y abusé de la confianza del algún amigo. Gajes de la compulsión. Muchas gracias libreros oscenses. Gracias por recordar a la provincia. Teruel existe. Gracias por recordarme que Huesca, por aquel entonces, NO.

Gracias, Norma.
Gracias, Norma.

Cuando Planeta (Fórum) perdió los derechos de Marvel y se lanzó de forma desesperada a por los de DC, podemos decir que en mi vida empezó una etapa dorada en cuanto a DC se refiere. Si bien gracias a Norma ya había podido conseguir muchos de los clásicos que había estado buscando durante años y, ¡por fin!, había conseguido saber cómo acababa Watchmen, con Planeta se inició una época en la que compré mucho y no todo muy bueno, pero al menos conseguí finalizar con las batallas para comprar el número deseado o las carreras por las novelas gráficas de Batman. No fueron malos años. Años de latón bruñido y oro del que el moro dejaba tras de si como residuo, pero buenos años a la postre.

Ahora, la editorial ECC ha tomado las riendas de la edición en España de las colecciones de la editorial americana DC y, sin duda, le ha tocado una época convulsa que vivir. El reinicio de las 52, nada más y nada menos. Y ya que estamos, algún tirón de orejas debo de darles al respecto. Aunque la edición en tomos que recogen 4 números de la edición americana, tapa blanda y precio ajustado me parece correcta (Aleta y su tomo de Prophet han llegado para poner en jaque y dar un puñetazo encima de la mesa tanto en calidad de papel como precio en lo que a esto respecta) y el esfuerzo por publicar con rapidez material como la edición de lujo de Flex Mentallo o las series de Before Watchmen merecen un aplauso, hay otros aspectos editoriales que deberían, a mi parecer, corregirse. Sí. Hablo, por ejemplo, de esa incomprensible decisión de editar las colecciones de Batman en una sola grapa alternando sagas de la edición americana, en una maniobra que tan nefastos resultados dio en el pasado a Fórum (otra vez) y sus colecciones mixtas.

Nunca mejor dicho.
Nunca mejor dicho.

Tiempo habrá para hablar de las decisiones editoriales de ECC. Espero de corazón que su andadura en el mundo del cómic sea exitosa, porque además, a pesar de esas decisiones que no parecen muy acertadas, sí se aprecia un cariño por el material que publican y un esfuerzo por recuperar buen material del pasado que muchos de los lectores pertenecientes a la nueva hornada no habrán podido disfrutar. Como el tomo del Batman de Alan Davis, por ejemplo. Y les deseo mucha suerte porque tienen en sus manos esos personajes que una vez sirvieron de imán a la imaginación de un niño que buscaba leer cosas de gente con calzoncillos rojos encima de los leotardos azules y eso, señores, es material que tratar con cariño.