[Reseña] Breach núm. 1 y núm. 2

Breach Nº 1

Si hay algo que no podemos negar a ECC Ediciones es el esfuerzo que están poniendo de su parte a la hora de recuperar material inédito en nuestro país de DC Comics, sobre todo cuando se trata de material de calidad.

Ese es el caso de Breach, una serie regular escrita por Bob Harras y dibujada por Marcos Martín (con colaboración en algunos puntos de Álvaro López y Javier Pulido) que tuvo una corta vida, pero suficiente como para que merezca la pena su lectura.

ECC ha decidido lanzar el material USA en dos sencillos tomos en formato rústica, con Breach Nº 1 recogiendo los primeros cinco números y Breach Nº 2 los seis restantes, hasta juntar así el total de once que vieron la luz.

Según parece, la propuesta inicial para esta serie era lanzar un reinicio del Capitán Átomo, algo que no cuajó en el seno de la editorial. Sin embargo, la serie fue bienvenida, por lo que hubo que cambiar lo suficiente como para que el protagonista se distanciase lo máximo posible del Capitán Átomo sin desvirtuar el resto.

Con este telón de fondo, se presenta Tim Zanetti, un militar que participa en un programa científico experimental que, como suele ocurrir en esta industria, sale mal y le otorga poderes, provocando el nacimiento de Breach. Pero este nacimiento supone cambios, cambios que Zanetti no quería, de ahí que todo gire desde el principio en torno a la desdicha y el rechazo de una condición no buscada, no querida y no aceptada.

Breach Nº 2

La premisa parte precisamente de ahí, de algo que no es novedoso ni mucho menos, pero que Harras maneja a la perfección y lo lleva un paso más allá. Breach es muy poderoso, como el que más en el Universo DC, pero está sufriendo tanto emocionalmente que nos convence por completo de que esos poderes son más una carga que una bendición. Lo que más provoca esto es una combinación de esos nuevos poderes, que implican pérdida de recuerdos cada vez que los usa, y de su aspecto, que inspira miedo y rechazo en los demás, especialmente en el seno de los que antes eran sus amigos y de su querida familia. Sus compañeros de trabajo ya no le ven como tal, sino como un arma viviente que pueden utilizar a su antojo, y Breach debe aprender a la fuerza que ya no puede confiar en ellos. Pero donde hay una Bestia, siempre hay una Bella, y en la historia también encontramos a gente que ve más allá del exterior. Porque aunque Breach parezca invencible, tras la máscara no es más que un hombre completamente perdido y vulnerable.

Lo que pretende dejar claro el guionista es que Breach no es alguien que podamos encajar en algún grupo del Universo DC. No es un villano, porque moralmente no lo es, pero tampoco es un héroe, ya que los que lo son no le aceptan como tal. De hecho, ni él mismo se ve como un superhéroe, llegando incluso a sentirse como una amenaza. En varios aspectos, recuerda a múltiples personajes del mundo de los cómics, como por ejemplo Hulk, un personaje atormentado que baila continuamente entre la línea que separa al héroe de la amenaza.

Es quizás eso lo que posiblemente haya hecho que la serie no acabase de cuajar, pese a su gran calidad. Deseosos de ambientes cinematográficos y espectacularidad palomitera, los lectores han dejado de lado una historia adulta, personal y profunda envuelta en la piel de un superhéroe con súper poderes. La trama de una invasión por parte de seres de otras dimensiones pasa en realidad a un segundo plano, algo que además agradecemos debido a lo poco original y lo superficial de la misma.

Breach Nº 1

Pero si en el apartado narrativo tenemos a un Harras que nos presenta algo nada novedoso pero con una vuelta de tuerca muy bien tratada, de los dibujos de Marcos Martín tenemos que decir que son sencillamente geniales. Con eso estaría todo dicho. Aquí ya somos testigos del estilo y el arte que nos presenta este compatriota en los diversos proyectos en los que trabaja actualmente. Martín ha conseguido hacerse un nombre dentro de la industria con un estilo reconocible y de alto nivel, que encaja a la perfección con obras «secundarias» (como esta) donde se permite un poco más de riesgo artístico. Es cierto que la primera impresión puede echar para atrás a muchos al seguir una estética en ocasiones muy de estilo de dibujos animados, pero profundizando, pronto se ve que es un estilo que encaja muy bien con el cómic, y el nivel de detalle y composición es tal que hasta los más reacios sucumben.

Lamentablemente, y a pesar de que a medida que se avanza la serie va «cogiendo chicha» y ganando en peso y profundidad, el final del segundo tomo no es un final propiamente dicho, ya que la serie fue cancelada en Estados Unidos en el número 11 por unas ventas demasiado bajas. Es por esto por lo que no consigue desarrollarse toda la trama, quedando la historia bastante coja y con muchas cosas en el aire. Poco después habría una leve e insuficiente resolución en las páginas de Crisis Infinitas de la mano de Geoff Johns, pero no es lo mismo, no es del todo satisfactoria.

Una vez más, una gran obra que se va al garete porque la calidad y las ventas viven en dimensiones completamente diferentes. Y es curioso, porque con el tiempo este tipo de trabajos suelen ser reconocidos, pero cuando ya es demasiado tarde.