[Reseña] Ronin

Ronin

ECC Ediciones nos trae esta increíble novela gráfica, Ronin (1984), que fue toda una revolución para la industria del cómic. En seis capítulos, un joven Frank Miller nos narra una obra compleja, muy adulta, pero no fue hasta que salió editada en un solo tomo cuando tocó la gloria.

La historia comienza en el Japón feudal del siglo XIV. Un joven samurái sirve a un amo noble, propietario de una espada mágica arrebatada al demoníaco Agat. Este consigue burlar la vigilancia del guardaespaldas y asesinar a su amo. Convertido en un ronin, un samurái sin señor, vagará durante años cargado con la espada ansiada por la malvada criatura hasta que consigue enfrentarse con él, solo para quedar ambos espíritus atrapados en la mística katana.

Saltamos entonces al año 2030, a una Nueva York apocalíptica. Como si de un organismo vivo se tratara, el complejo de investigación biocibernética Aquarius se extiende y crece por entre las ruinas de una ciudad degradada. En su interior, protegido por un ordenador inteligente, vive Billy, un tullido con capacidades mentales extraordinarias que está siendo utilizado por la corporación propietaria de Aquarius para investigar aplicaciones cibernéticas. Su cuerpo, completado y modificado por sus propios poderes telequinéticos, será ocupado por el espíritu del ronin, que escapa a Nueva York y da inicio a una nueva caza del demonio, quien también ha encontrado la forma de escapar de la espada.

Ronin es una historia sobre lo que nos hace humanos, sobre el poder que ejercen las fantasías en el mundo real y sobre la supremacía última del amor. Pero las piezas con las que está construida no son en absoluto nuevas. De hecho, hay muy poco de nuevo aquí. Como en otras historias distópicas, nos encontramos con una ingeniería biológica incapaz de sustraerse a su potencial diabólico a manos de las corporaciones industriales, con el control del desfavorecido por parte de los conglomerados económicos, los guerreros del pasado reencarnados para continuar sus vendettas en el futuro, la computadora con inteligencia artificial, un escenario corrupto reminiscente de 1999:Rescate en Nueva York y Blade Runner, el submundo mutante escondido en las alcantarillas (directamente fusilado de los Morlocks de La Máquina del Tiempo), algo de ciberpunk…

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Junto a esto, somos testigos de temas e iconografía ya tratados más o menos directamente en su Daredevil, y que continuarían presentes en obras posteriores del mismo autor: el sacrificio penitencial, el honor y la venganza, la parafernalia propia de las artes marciales japonesas, la simbología cristiana, bares frecuentados por hampones, duras heroínas de acción, violencia física muy explícita…

Estos son, pues, un montón de elementos ya conocidos, pero combinados y expuestos de una forma original y atractiva propia de alguien que domina perfectamente el lenguaje de las viñetas. Es gracias precisamente a la puesta en escena, la planificación y la utilización valiente de recursos narrativos, que el lector puede transitar por un guión no exento de fuerza pero tampoco nada extraordinario.

Mucho más destacable es el dibujo en todos sus niveles. En el aspecto estético, Miller se aleja de las sobadas y endogámicas influencias propias del cómic de superhéroes (Kirby, Steranko, Buscema, Adams) para acercar su estilo tanto a la historieta europea (particularmente Moebius) como al manga japonés (del que venía siendo desde tiempo atrás principal panegirista en Estados Unidos). Narrativamente, nos regala una catarata de recursos: encuadres dinámicos, páginas-viñeta, raccords, expresivas composiciones de viñetas dentro de la plancha, integración de los bocadillos de texto dentro de la unidad narrativa, ausencia de textos de apoyo, incluso páginas totalmente en negro. Miller nunca ha sido un gran dibujante en el sentido clásico, pero su trazo vigoroso, su depurado sentido del storytelling y el dinamismo que recorre siempre todos sus relatos compensan de sobra sus defectos.

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A destacar particularmente, está su técnica de entintado (trazos gruesos y sucios para las escenas urbanas, y finos y precisos para el interior del complejo Aquarius) y, especialmente, el color de Lynn Varley. Aprovechando las posibilidades que le brindaban tanto el papel como la técnica de impresión, Varley aplica sobre los dibujos de Miller una amplia paleta de matices, combinando los tonos pálidos y brillantes para realzar una emoción determinada según la escena de que se trate. Por ejemplo, las viñetas que transcurren en el interior de Aquarius destacan por los tonos verdes y azulados, colores fríos asociados con los laboratorios y los hospitales; las apariciones del demonio Agat están impregnadas de rojos, amarillos y naranjas; y la atmósfera urbana neoyorquina ve realzada su miseria por colores apagados y tonos oscuros.

Ronin obtuvo un sinnúmero de críticas positivas entre los profesionales y comentaristas del medio, pero se saldó comercialmente con un fracaso. Posiblemente, fue ello lo que llevó a Miller a intentar compensarlo apoyándose en un icono del cómic mundial, Batman, escribiendo y dibujando una obra seminal que reinventó no solo al personaje, sino a toda la industria: Batman: El Regreso del Caballero Oscuro. Pero eso es otra historia. Y, al fin y al cabo, cuando pocos años después, en 1987, Ronin se recopiló en un tomo único, sus ventas fueron excelentes. Y lo han sido desde entonces, reeditándose una y otra vez.

Ronin es una obra dispar, pero sus méritos son diversos. Desde el punto de vista exclusivamente editorial, supuso una apuesta decidida que, aunque no inmediatamente, abrió nuevos horizontes a lectores y profesionales. En el apartado creativo, a pesar de caer ocasionalmente en un innecesario efectismo, el dibujo y el color de Miller y Varley constituyen un auténtico ejercicio de estilo que todo interesado en la historieta debería leer.