[Reseña] Arrow 3×01

Arrow

La cadena CW está de enhorabuena. No nos ha dado tiempo aún de digerir el pedazo de piloto que se marcaron con The Flash (puedes consultar nuestra reseña aquí), y ya tenemos de vuelta al hijo pródigo, aquel que lo empezó todo.

Bienvenido, Olliver. Te estábamos esperando.

Siempre hay reseñas más agradecidas que otras, pero es que Arrow ha vuelto con tanta fuerza que hasta me falta tiempo por compartir mis impresiones acerca del capítulo. Era difícil hacer un arranque de temporada redondo. De hecho, siempre lo es. Abrir nuevas tramas, presentar a nuevos personajes y situar a los viejos es algo que agota y puede caer fácilmente en el tedio. Pero tranquilos, que no salten las alarmas, que para eso ya está el Ministerio de Sanidad. Arrow está en mejor forma que nunca. No, no es una manera de hablar. Este episodio es prácticamente perfecto. ¿Y qué es lo que lo hace tan jodidamente bueno?

En primer lugar, se aprecia un salto hacia adelante en cuanto a escenas de acción se refiere. Es muy gratificante ver cómo una serie que ya era un referente en el ámbito de las coreografías y las persecuciones no se conforma con ello y opta siempre por aspirar a más. Y vaya si lo ha hecho. Acrobacias sobre camiones en marcha, pasos de combates nuevos -y más pulidos- y algo que me alegra que hayan retomado: las tomas largas durante los combates.

Recordaréis allá por la primera temporada que las escenas violentas gozaban de un pulso impecable. Intercambio de golpes veloces, realistas, filmados en secuencias largas (a veces hasta de dos segundos) que daban una sensación de verosimilitud y contundencia. Por alguna razón inexplicable, en la segunda temporada esto se perdió en favor de tomas más cortas, a veces incluso caóticas. Pues bien: preparaos para presenciar las escenas de combate más cojonudamente bien hechas en la historia de Arrow.

A partir de aquí, agarraos que vienen curvas. Es decir, ¡cuidado con los SPOILERS!

Como suele ser ya tradición en Arrow, cada temporada se aleja de su antecesora por un período cronológico de varios meses. El mundo sigue girando, las cosas cambian y los protagonistas no permanecen estáticos. Resituar de nuevo al espectador puede ser a veces confuso, pero aquí les basta a los guionistas con una breve conversación del equipo Arrow. Ollie tonteando con Felicity, Digg va a ser papá y Roy no quiere ni oír hablar de Thea.

Como decía antes, las cosas han cambiado y ya no volverán a ser como antaño. Cada temporada tiene su propio esquema interno, sus peculiaridades, como era la famosa lista durante la primera temporada y luego la promesa de no matar en la segunda. En esta tercera temporada se retoman los pasos dados previamente y se va un punto más allá. Nada cae en saco roto: ni la muerte de Moira, ni la pérdida de la empresa familiar, ni siquiera que Arrow salvó a toda la ciudad. Todo tiene su repercusión. Los jefazos de la CW lo saben y beben de ella, se nutren del jardín que ellos mismos plantaron. Porque ahora Arrow ya no es un vigilante, ni un justiciero. Ahora es un héroe.

Starling City lo idolatra, con el capitán de policía Quentin Lance a la cabeza. Ni siquiera se refieren a Olliver como el “Encapuchado”. Ahora le conocen con el mismo nombre al que nosotros estamos más habituados, el de “Arrow”.

Y como todo héroe que se precie -y eso incluye a los solitarios-, un justiciero no es tal si no tiene otros hombros sobre los que compartir la carga. El equipo Arrow funciona con precisión suiza. Son un grupo cohesionado, que gestiona todo tipo de crisis -desde una interceptación de armas a una desactivación de bomba- de manera quirúrgica.

Y como todo grupo de héroes que se precie, no podrían ser tal si no son capaces de trasladar su camaradería a sus identidades civiles. “Felicity, ¿Te gustan los restaurantes italianos?”. El fandom de Arrow, volcado casi de forma unánime en que Felicity y Olliver dejen de ser solo amigos, puede darse un golpecito en la espalda. He aquí el poder de la audiencia. Daría para un libro: “Auge de Felicity y caída de Laurel”. El caso es que este es, quizá, el único fallo que presenta el episodio. No me refiero a la explotación de este interés amoroso, es necesario y realmente emocionante ver a ambos besarse. Hablo más del desenlace del mismo. Todo hasta entonces está tramado de forma asombrosa. Felicity echando horas en una tienda de informática mientras atiende a Ollie en una misión es un recurso tremendo, pero acaba perdiendo fuelle por dos motivos.

Uno, el intercambio de roles entre Olliver y Felicity. Es ahora nuestro naufrago favorito quien babea por doquier, cuando siempre había sido al revés. No es que me desagrade, es que no he visto a qué puede deberse este cambio.

Y dos, la trama de la relación imposible, pese a ser comprensible, es algo que creí superado a estas alturas. Por supuesto, el plato fuerte de esta tercera temporada es el amorío entre ambos, así que la cosa debe ir para largo. Pero este recurso, mundialmente famoso gracias a una pequeña joya llamada simplemente “Spiderman”, ha acabado por ensuciar algo el status de superhéroe.

Intereses románticos del héroe, tomad nota: amar a un héroe no es algo por lo que sentirse culpable o asustada. Siempre hay riesgos, claro, pero el amor de un verdadero héroe es aquel que lo admira por lo que hace, por como es. Y esa admiración siempre supera al miedo. Corazón contra razón.

A pesar de todo ello, la situación se salva porque a nuestra Felicity le sobra carisma. Sus constantes chistes y bromas son ya un distintivo más de Arrow. ¡Incluso se permite bromear con el tema de verlo siempre sin camiseta!

Este humor made in Arrow es la fórmula de la Coca-Cola. Acción y humor entremezclados, y sin embargo consigue mantener un tono propio. Podría enumerar un sinfín de momentos así, pero me quedo con uno: Lyla a punto de parir, comparando la dilatación de su vagina con un… tanque.

A todos estos ingredientes, en su mayoría superfluos, hay que añadir uno importante: la caracterización de Olliver. Cuando haces una serie superheroica donde hay investigación, acción y humor, a veces puede ser complicado reflejar la profundidad de tus personajes. Pero eso no ocurre aquí. Porque hay un detalle que es soberbio, brillante, genial y espectacular. Todo a la vez. Que lo peta, vaya. Y ese es el momento cuando Olliver inhala -de nuevo- el vértigo. Cuando aparece ante él su mayor miedo: él mismo.

Ese duelo, el de Olliver contra Arrow, no es solo el combate más soberbio jamás visto en la serie. Es mucho más. A nivel simbólico, a nivel de tridimensionalidad del personaje. Un auténtico recurso de lujo.

Y si a todo esto le añadimos el narrar en paralelo con The Flash (¿alguien se esperaba el cameo de Barry?) y un cliffhanger de INFARTO, el resultado no puede ser más prometedor.

Venga, admitidlo. El final del capítulo es bestial. Y cómo la máscara de Sara cae de su rostro y se posa frente a Laurel… como si el mismo destino la escogiera para continuar el legado del Canario.

Ra’s Al Ghul entra por la puerta grande. Ya me estoy mordiendo las uñas.